OBRA GANADORA: WISH YOU WERE HERE

Wish you were here

Tardaba treinta y dos minutos en llegar a mi casa por el camino del bosque, diez canciones del álbum The Wall de Pink Floyd, también incluyo el cambio de cara, lo que impide escuchar la undécima apropiadamente. El disco era viejo, como mi padre, él me decía que era una obra de arte, yo no lo pensaba, sólo era para mantenerme entretenido.

Era octubre, época de castañas, últimamente teníamos enfrentamientos continuos con los otros chavales. Lo que significaba que llegaba con morados a casa que eran difíciles de ocultar a mi madre. Sammy, llegaba a casa peor que yo, pero él era mayor y se liaba a puñetazos con Enrique. No me gustaba meterme en broncas, pero tampoco quería que me llamasen nenaza. Insulto que a Alex le molestaba increíblemente, aunque fuese una chica sabía meter ganchos mejor que nosotros. Su padre era poli y siempre le decía lojodido que era para una chica vivir y más si se veía envuelta en bandas de irlandeses. Yo estaba incluido en la etiqueta de chusma, por suerte para mí, a Alex no le importan las etiquetas como a su familia. Ella era inglesa y siempre se reía de mi acento, supongo que es justo, yo también me reía del suyo.

Estaba a punto de salir del bosque cuando ví que una moto roja me seguía los pasos. Nunca estaba solo en las emboscadas que nos tendían los Jaguares. Su cabecilla era Enrique y mi hermano siempre me advertía que si estuviese solo echase a correr, yo no llevaba navajas, a veces traía un bate en la mochila —Rocky no necesitaba nada, era un tío enorme, con una sola mirada, temblabas de miedo, me alegraba que fuese mi amigo—. Por desgracia, hoy no llevaba nada, ni mi tirachinas casero para lanzar piedras.  Viendo que se iba a parar a mi lado, simulé que me ataba los cordones de mis zapatillas, mientras cogía mi proyectil, una castaña. Tenía buena puntería.

El Jaguar se acercó, podía ver el humo que soltaba el tubo de escape. Cuando se quitó el casco lo reconocí, era Joaquín. Solté la castaña. Dijese lo que dijese la banda, el moreno era un tío legal, por desgracia eso no lo salvó de tatuarse el animal en la muñeca, símbolo de su membresía. En los club pijos, te distingues por una tarjeta con tu nombre, en Queens llevas identificaciones permanentes. Probablemente, yo era uno de los pocos chicos que no llevaba tatuado el trébol, mi hermano mayor, Danny, había estado posponiéndolo. Él me decía que había una vida más allá de la lealtad a tu banda, que un tatuaje no me definía. Se podría decir que era el responsable de la familia, el único que había terminado los estudios e ido a la universidad. Yo intentaba hacerle caso en todo, pero me desconcertaba su creencia en ser capaz de ir solo por la vida sin pertenecer a ninguna banda, a ningún grupo, a que no le importaba la etnia, ni la raza. En mi barrio no se vivía así, si no pertenecías a algo o a alguien no existías. He visto la discriminación que hacen a Johnny, un tío negro de dos metros, un buen amigo. Su familia, había sufrido mucho, Johnny tuvo que ser el cabeza de familia desde pequeño y no se metía en broncas. A pesar de nuestras diferencias, tanto los Jaguares como los Gingers,lo apreciábamos y lo invitábamos a salir por ahí con nosotros.

Joaquín parecía frenético, el pelo se le pegaba a la cara y tenía los ojos marrones llorosos. Su apariencia no auguraba nada bueno. Después de apagar el motor, se bajó de un salto, la gravilla crujió a su paso. Se movía de una manera errática y cuando abrió la boca supe que todo iba a cambiar.

— Han matado a Johnny— dijo resollando—, se lo han cargado a tiros. Estábamos en el cine al aire libre, cuando han venido cinco buscándole y nada más verle le han disparado, no nos ha dado tiempo ni de reaccionar. Les estamos buscando. ¿Has visto a alguien, Connor? Billy ha ido con Santos al sur, tu hermano está dirigiendo a los demás.

Yo ya no hacía mucho caso, al escucharle hablar me quedé lívido, hacía una hora Johnny estaba bien y ahora ya no estaba.

Era noche de viernes, el día que hacíamos una tregua e íbamos todos al cine. Esa noche había vuelto antes que los demás porque me enfadé con Alex. Había empezado a andar con un pijo que le metía chorradas en la cabeza. Ya tuve un encontronazo con él porque él decía que yo era basura y que no merecía andar con ella, también puede que además dijese que todos los irlandeses somos unos borrachos y que buscamos bronca, no me sentó bien y le metí dos puñetazos. Le quedó el ojo morado por una semana. Qué bien me sentí, pero a Alex no le gustó que le pegase, yo le intenté explicar que era él el que empezó pero no escuchaba y me soltó un “pensé que eras mejor que esto” o alguna estupidez del estilo. Así que me piré, asentí a Johnny con la cabeza cuando me fui, él justo estaba entrando al cine.

— Por supuesto buscamos venganza, ¿Te vienes conmigo?—seguía diciendo Joaquín, yo no reaccionaba, tenía grabada la mirada de Johnny, estaba llena de vida, feliz.

Recordé todas esas tardes de verano en la laguna, ese trozo de agua era tierra neutral y siempre pasábamos un rato genial buceando y haciéndonos aguadillas. Sin embargo, cuando anochecía en vez de sentarme en la hoguera con los demás me sentaba junto a Johnny en el embarcadero. Él siempre me miraba con esa sonrisa y me decía lo increíble que debía de haber sido Martin Luther King y luego me miraba y me decía que debía de estar orgulloso de mis compatriotas, yo no lo pillaba hasta que me explicó que U2 le dedicó una canción. Luego se tumbaba y buscaba estrellas mientras parloteaba sobre lo increíble que sería cambiar el mundo como él hizo. En ese punto me miraba y yo siempre le preguntaba “¿Cómo lo hizo?”  Y él me respondía cambió el mundo en nombre del amor, posteriormente, se revolvía inquieto como si el deseo de una vida sin violencia y paz le pareciese descabellado. A mí siempre me parecía un ingenuo, pero jamás me atrevía decírselo, a pesar de todo me gustaba que tuviese ese sueño. Eso era lo que le hacía mejor que todos nosotros y ya no estaba.

Joaquín me ofreció su mano.

— Voy —le dijo y me monté en su moto—.¿Alguna idea de dónde están?

— Creemos que están en el motel abandonado—. Agárrate.

No me dio tiempo más que para agarrarme a él, mi walkman estaba a buen recaudo pero no sabía si los cacos aguantarían el viaje. Salimos del sendero y atravesamos la carretera comarcal. Se me hacía difícil respirar, pero intenté tranquilizarme. Joaquín tomó el desvío y derrapó en el parking del motel. Ya estaban Sammy y Enrique, más alejado de ellos se encontraban los demás, al bajarme de la moto me situé entre Rocky y Conlan. Estábamos reunidos la mayoría de los Gingers así como los Jaguares.

Se respiraba el odio en el ambiente y en sus caras. Me recorrió un escalofrío, sentía que el mundo dejó de girar, estaba en una encrucijada y supe en ese mismo instante que lo que decidiese no iba a cambiar el mundo, mas sí el mío.

Me gustaría decir que me opuse, que me salió un discurso que hizo que bajaran las navajas. Sin embargo, les seguí, obedientemente. Dentro del recinto había varios pisos y nos dividieron para cubrir más terreno. Yo no sentía nada, estaba temblando. En mi piso, me separé accidentalmente del resto. Ya no podía más, temblando me metí en una de las habitaciones. Me lancé a la decrépita cama, con la fuerza levanté una nube de polvo y tosí, aunque los sollozos que emití no los cubrió. Me sentía insignificante, me habían dado una tarea que no me correspondía a mí, ni a nadie. Un trabajo que nos habíamos adjudicado, íbamos a ser juez, jurado y verdugo. Me sentí impotente, nadie debía de tener esta responsabilidad, sentía que se hacía un nudo corredizo en mi cuello.

Tan apenado estaba que no escuché un ruido sordo y me sobresalté cuando del armario apareció un chaval tembloroso. No me consideraba alto, pero este era un canijo y tenía la mirada vidriosa. Maldecí, seguramente era uno de los de la banda que habían matado a Johnny. Nos quedamos inmóviles en silencio, sólo era roto por la música que salía de mi walkman. Estuvimos así un buen rato, silenciosos, por temor a romper ese remanso de paz.

Después de un rato, oí las voces de mis amigos, no habían encontrado nada. Me pegaron un toque, pero yo les dije que se fueran, no insistieron más, ni me llamaron nenaza, supongo que intuían el vacío que sentía. Pronto se hizo de noche y seguíamos en silencio, cuando me rugieron las tripas. Rebuscando en mi bolsillo, encontré una barrita. Miré al chaval que tenía delante, parecía mulato y miraba mi chocolatina con hambre. Tomé una decisión.

— Si quieres un trozo, dime tu nombre—, quería decir más, por desgracia, no encontraba las palabras correctas, así que añadí—, por favor.

Él me miró intensamente y ví que se esforzaba por tomar una decisión. Ví su resolución, cuando tomó aire y dijo suavemente.

— Saul.

Lo dijo tan bajo que lo oí porque estaba al lado. Lo volví a observar, estaba cabizbajo y rehuía mi mirada. Tuve una revelación, quería saber de él, antes de condenarlo. Así que le persuadí para que me contase su historia, poco a poco se fue abriendo y ví a un niño inseguro y abandonado a su suerte en el motel mientras los verdaderos perpetradores huían. Al terminar su historia, me levanté, me sacudí las migas y le dije simplemente.

— Gracias por ayudarme a hacer lo que debo. Sé que conseguiré estar tranquilo con mi conciencia, ahora espero que puedas limpiar tú la tuya.

Me fui sin mirar atrás, no pensaba delatarlo pero tampoco pensaba ayudarle. No fue porque quisiera ser imparcial, sino porque sólo era un chico; le odiaba con todas mis fuerzas porque nos había arrebatado a Johnny, sino porque me odiaría más a mí si destrozaba su vida.

Cada persona es libre de elegir su camino, da igual el color de tu piel, da igual las circunstancias, siempre hay elección. Yo decidí respetar lo que supongo que haría Johnny, dar amor no odio, pero como tampoco soy él, sólo puedo prometer no dar odio, el mundo se tendrá que ganar mi amor. No soy tan generoso como Johnny, igual soy egoísta, pero busco la manera de vivir, de ser mejor, como dice mi hermano. Había llegado el momento de mirar más allá de las rivalidades  de las bandas porque debajo de ese disfraz, había respeto,  que podría convertirse en algo más. Johnny me enseñó que era posible convivir en paz con diversidad de gente, tan solo hay que creer.

Se tardan cuarenta y dos minutos en llegar al cementerio desde mi casa, nueve canciones del álbum Legend de Bob Marley, también incluyo el cambio de cara, que no me cortaba ninguna canción. El disco era viejo, tenía muchos recuerdos, era de Johnny. Su madre me dijo que él quería que yo lo tuviese. Cada año voy a su tumba y hablo, siempre que voy intento demostrar que soy un buen hombre, que le hago caso. También sonrío al dejar las margaritas, tal vez Johnny no tuvo tiempo de cambiar el mundo, pero me cambió a mí. Me hizo querer ser más de lo que se esperaba de mí. De lo que se consideraba que era mi lugar natural. Le pedí todo a la vida, para que así por lo menos tuviese algo.

NATALY 

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